miércoles, 25 de febrero de 2009

23 F: El día más difícil del Rey (A propósito de la miniserie realizada y emitida recientemente por Televisión Española)


Javier Fernández Ortega / Rebelion

23F, el día más difícil del Rey es una a (1). Pero también, como espero poder demostrar, es dos cosas más: la consolidación de una imagen pública creada y una ficción familiar televisiva.

Breve cronología

En 1947, la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado define la forma política del estado Español como reino, y otorga a Franco -como Jefe de Estado- la potestad de elegir sucesor, con el título de rey o regente, en cualquier momento. En 1948, Juan Carlos de Borbón, el nieto de 10 años de Alfonso XIII es recibido en el Pardo por el dictador y da comienzo su educación según los deseos de Franco.

En 1953 se estrena Vacaciones en Roma.

Con el Plan de Estabilización de 1959 se inicia a la etapa desarrollista del tardofranquismo en España. En 1961, tras un accidente de caza, Franco comienza a considerar seriamente la necesidad de nombrar un sucesor.

En 1962 se estrena La gran familia. Su secuela, La familia y uno más, llega a los cines en 1965.

En 1969, Franco escoge a Juan Carlos de Borbón como su sucesor en la jefatura del Estado; ese mismo año, el ahora Príncipe jura fidelidad a los principios del Movimiento en las Cortes.

De la monarquía absoluta a la constitucional: el caso de España

Desde Kantorowitz (2) sabemos que una de las principales fuentes de legitimidad para la monarquía durante la edad Media y la edad Moderna era la disociación, en dos realidades diferenciadas, de la figura del monarca: como institución eterna e inmutable, por un lado, y como encarnación terrena y temporal de esa misma institución, por otro. Este eficaz sistema permitía que el comportamiento tiránico o pusilánime de algunos reyes no empañara el oficio sagrado e instituido por Dios de la monarquía. También frenaba las ansias de rebeldía de nobles levantiscos y campesinos hambrientos en situaciones de vacío de poder, como las minorías de edad de los reyes o las regencias. En líneas generales, podríamos decir que hasta la Revolución francesa, la monarquía era el sustento simbólico de cada monarca particular, el cual se apoyaba en la tradición secular de la institución y en la gran cantidad de doctrina política que se había construido en torno a ella para afianzar su poder temporal.

Cuando los valores de la Ilustración triunfan, el carácter sagrado de la monarquía es el primero en caer. Ya hubo antes otros reyes ajusticiados, pero cuando se ejecutó en la guillotina a Luis XVI, el verdugo anunció a las masas su nombre de esta manera: citoyen Louis Capet. El rédito político de esa ejecución fue mucho más allá que el de un mero magnicidio: constituyó la liquidación del Antiguo Régimen. Antes de que la cuchilla segara el cuello del rey, la Francia revolucionaria había degradado al monarca a mero citoyen, ciudadano. Y así la Ilustración demostró, tras mucho esfuerzo, que el rey era uno más.

A partir de entonces podría haber monarcas, pero la monarquía en su sentido clásico, sagrado e intocable había desaparecido. Los estados burgueses permitirían la existencia de monarcas siempre y cuando estos basaran la legitimidad de su poder en otro lugar muy distinto: el constitucionalismo, el parlamentarismo o las reglas del juego político. Entre otras razones, de esta forma pudo pervivir la monarquía en Inglaterra: incardinándose con fuerza en la protección del Estado, de un Estado que debía servir como árbitro para el turnismo político y como garante del orden constituyente, previo y anterior al ejercicio de la gestión gubernamental.

En España, en cambio, la situación fue muy otra. La inestabilidad política impidió en todo momento que la monarquía se atribuyera ese papel, y su legitimidad quedó en manos de la tradición –propia del Antiguo Régimen-, hasta tal punto que el intento más serio para adoptar el modelo inglés durante la Restauración acabó provocando el colapso del sistema político y el advenimiento de una dictadura -la de Primo de Rivera- con la connivencia de Alfonso XIII. Con estos antecedentes, y el larguísimo espacio de tiempo que media entre 1931 y 1975, a la muerte de Franco la monarquía en España necesitaba reinventarse.

Como institución, estaba plenamente desacreditada: el último rey había tenido que exiliarse ante la presión popular tras caer la dictadura que él mismo instigó. Y a pesar de que las fuerzas conservadoras habían “vencido” en la Guerra Civil, Juan de Borbón vio sus derechos al trono impedidos por un militar: ni siquiera entre la derecha en el poder se hacían concesiones a la monarquía. Como árbitro del juego político y garante del orden, algo que la monarquía nunca había sido, estaba completamente excluida.

Pero esta situación tenía también ciertas ventajas, más concretamente dos. En primer lugar, la necesidad de reinventar la monarquía sin el estorbo de una tradición heredada permitía hacerlo en los términos exactos para que se consiguiera maximizar el apoyo popular. Esto es lo que he llamado la creación de una imagen pública. En segundo lugar, el truncamiento de la línea dinástica permitía una refundación del linaje real que convenía muy mucho a la legitimidad de la monarquía. Esta segunda ventaja es, creo, la que explica por qué 23F sólo podía realizarse desde el prisma de la ficción familiar.

La creación de una imagen pública

Crear la monarquía posfranquista fue una cuestión de imagen pública. Reinstaurar el modelo monárquico sin apoyo tradicional ninguno implicaba una inversión absoluta de los principios que la tradición monárquica usaba para apuntalar la legitimidad de la Corona. Pero esa inversión ha resultado ser, precisamente, la que ha garantizado en un espacio breve de tiempo la consolidación de una imagen pública intocable e inviolable.

Mencionaba antes el estreno de Vacaciones en Roma en el 53: no en vano, es una película en la que se trata, de manera mucho más amable, de la liquidación de la tradición. La princesa Ann de la película (Audrey Hepburn) escapa del encorsetado mundo de palacio para vivir aventuras junto a un periodista americano (Gregory Peck) bajo el nombre -deliberadamente anodino- de Anya Smith. La princesa Ann era a Luis XVI lo que Anya Smith al citoyen Louis Capet. En 1956, Grace Kelly se casaba en Mónaco con el príncipe Rainiero: una actriz emparentaba con la realeza, y la realeza emparentaba con el cine. Empiezan entonces a multiplicarse las historias sobre los miembros de una familia real como individuos atrapados por el peso hereditario de la monarquía y que sólo ansían la liberación de los protocolos y la posibilidad de vivir una vida más sencilla: tal mitología aún pervive hoy (como en la tragedia de Lady Di tal y como nos ha sido contada, o la reciente e infame película Princesa por sorpresa). Los valores de la Ilustración, elevados ya a rango de axioma natural, previo a toda reflexión crítica, podían permitirse una mirada piadosa hacia la monarquía. Efectivamente, el rey es uno más (y, en algunos casos, uno más -Grace Kelly, Letizia Ortiz- puede estar cerca del rey) Y esto, que durante siglos fue un arma para desalojar al trono del poder absoluto, hoy se convierte en un puntal más de su legitimidad.

Si algo define a la cultura de masas en su vertiente de culto a la personalidad es la empatía, la identificación plena de los adoradores con la figura pública. Conocer su casa, su familia, su desgraciada historia sentimental, sus planes de futuro o su agenda dominical. El apoyo a una figura pública requiere de esa especie de anagnórisis catártica que permite reconocer en el admirado líder los rasgos de nuestra propia figura.

Así pues, en España, se fue construyendo a partir de la transición una imagen pública del rey que orbitó en base a estos principios de identificación y acercamiento. Su llegada al poder, su asunción de la jefatura del estado, su compromiso con la apertura del régimen y su actuación en el 23F son las razones políticas que se dan para justificar el abrumador apoyo que recibe el monarca hoy. En mi opinión, esto es matizable: el esfuerzo propagandístico de creación de imagen fue simultáneo a esas -cuanto menos no tan decididas y valientes- decisiones políticas y tuvo una fuerza que rara vez se tiene en cuenta y que permite afirmaciones tan usuales como las de que el Rey es campechano o el inaudito blindaje mediático que existe en torno a la familia real.

Sin embargo, la afirmación que en mi opinión resume los ejes de la reinstauración de la monarquía en España es una habitual de nuestras tertulias televisivas: yo no soy monárquico, soy juancarlista. Esto es, exactamente, la inversión del proceso descrito por Kantorowitz: entonces la monarquía -como institución- legitimaba al monarca -como individuo-. Hoy, el individuo legitima a la institución. El esfuerzo publicitario centrado en la persona de Juan Carlos de Borbón fue tan poderoso como para poder resucitar una entidad política desacreditada, enfangada por la historia y desdeñada hasta por la propia derecha. Y el secreto de su imposición sin apenas disenso a treinta años de la Transición no estriba tanto en la figura del Rey como hombre de Estado, sino en su figura como hombre del pueblo.

Familia y monarquía: la ficción familiar

La monarquía es una institución doméstica, que organiza sus labores de representación en torno a una férrea estructura familiar. En primer lugar porque la existencia de una familia real es garantía de la continuidad del orden establecido -al asegurar la sucesión- y en segundo lugar porque la familia “extensa” de esa figura patriarcal que es el monarca (el pueblo) exige un microcosmos familiar en el que ver reflejadas las características positivas de su rey: o dicho de otro modo, sólo mediante la comprobación de lo “buen padre” que es el rey alcanzamos a comprender cómo puede ser también un “buen padre” para el pueblo, o para nosotros. Y viceversa.

Ahora bien, en esa labor de refundación de la monarquía que se produce en España tras la muerte de Franco, el modelo familiar que mayores beneficios políticos podía ofrecer a la aún tambaleante institución de la corona era bien distinto al de las tradicionales casas reales europeas. En este caso ya no se trataba tanto de la majestad como de la familiaridad, puesto que esa nueva imagen de cercanía que se venía imponiendo desde Zarzuela lo implicaba. Si el Rey era uno más, su familia también debería ser una más. Y él, un padre más. Nuevamente se produce la inversión de un principio tradicional de legitimidad monárquica: la exclusiva superioridad de la casta reinante, con sus enlaces dinástico-familiares y sus atribuciones sobrehumanas se transmuta en la naturalidad y la sencillez de una familia que es como tu familia o como mi familia con la única salvedad de que en lugar de en tu casa o en la mía viven en un palacio.

La gran familia , esa película que expresa en sí misma todos los valores familiares del franquismo desarrollista (empezando por la alta productividad... de hijos) nos ayuda a comprender el modelo que, estratégicamente, le convenía seguir a la familia real en la configuración de su imagen pública. Y ese modelo incide sobre todo en una suerte de adaptabilidad esencialista que garantiza que, aunque el contexto social cambie, los valores familiares respetados y amados por todos permanezcan inmutados. No podía ser de otro modo en la década de los 60, con la progresiva aceleración de procesos históricos y sociales que, sin embargo, no pueden afectar a la familia como institución. Este modelo familiar será el núcleo de las sucesivas ficciones familiares cuya estructura puede resumirse así: todo conflicto dramático o narrativo debe tratarse en el núcleo de la organización familiar. Todo problema social, por ende, se filtra a través de la familia. En España, el modelo ha tenido continuidad: desde Médico de Familia hasta la más reciente Cuéntame, las ficciones familiares han permanecido como uno de los principales productores de roles de nuestro sistema cultural.

Ahora bien, ambas características son de mucho interés. En primer lugar, la capacidad de una institución para adaptarse a los cambios externos sin variar en esencia su funcionamiento y estructura tradicionales es algo que tanto el modelo familiar al que aludo como la monarquía española refundada tienen en común: es natural, por tanto, que se diera entre ambas una unión sin fisuras. Por otro lado, el modelo televisivo de la ficción familiar permeará enormemente en la imagen pública de la familia real, hasta tal punto que 23F beberá directamente de códigos televisivos manidos para relatar la intrahistoria familiar de un golpe de Estado.

23F: El día más difícil del Rey

Es con estos dos ejes en mente (la creación de una imagen pública y el modelo de ficción familiar) con los cuales creo que cabe enfrentarse cabalmente a esta producción televisiva. Ambos rasgos aparecen nítidamente en los diez primeros minutos de metraje. Así, la primera escena es un desayuno en la Zarzuela. El rey, su esposa y sus hijos están sentados alrededor de una mesa no excesivamente protocolaria. Abundan los besos y las carantoñas, las encantadoras caras de sueño de los niños, la charla insustancial de los padres. Los conflictos son escasos: al joven Felipe le han encargado una redacción en el colegio y su padre se presta a ayudarle con los deberes. Una de las dos infantas, rozando ya la adolescencia, protesta por no poder ir a una fiesta. Sofía recela, aunque el rey admite que inevitablemente los niños crecen muy rápido. Felipe no oculta su alegría porque esa mañana su madre podrá llevarles al colegio. Antes de marcharse los niños besan afectuosamente a su padre y éste se permite un pellizco amable y afectuoso a la reina. Son, sin duda, una familia (televisiva) como cualquier otra.

La segunda escena nos muestra al rey en su despacho con el jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo. Tras una llamada del general Armada al rey, Fernández Campo muestra su desconfianza hacia el militar. Dice: “Desconfío de los militares que se meten en política. Ya hemos tenido bastante de eso en este país”. (Sabino Fernández Campo, por otro lado, es general; el rey, Capitán General de los tres ejércitos). El rey responde diciendo que a él y a su familia también les han hecho los militares mucho daño, y que no nació en Roma por gusto. Es una frase rápida que puede pasar desapercibida y lo más probable es que el guionista no fuera consciente de lo que estaba poniendo en boca del monarca en ese momento. Pero analicemos despacio sus implicaciones.

Alfonso XIII se exilia en 1931 y naturalmente también su hijo Juan, heredero al trono. Es la llegada de la República la que aleja a los Borbones de España, y la que, en última instancia provocará que Juan Carlos nazca en Roma en 1938 (3). Sin embargo, tal y como está planteada la conversación en 23F, parece que se asimila la historia del rey a la de otros exiliados, los republicanos. Lo cual es una pirueta inconsciente maravillosa, pues convierte a Juan Carlos, sucesor de Franco, en algo así como un republicano exiliado, y permite entroncar históricamente la ya de por sí mitificada II República con la no sé si más mitificada monarquía posfranquista.

Por supuesto, este desliz sólo tiene sentido en un producto televisivo que es la culminación de un proceso de creación de imagen que ha convertido al rey en alguien asimilable a todo lo “históricamente” bueno –como la República, el constitucionalismo, la democracia o la campechanía-, aunque eso produzca dislates de gran calibre.

Lo que queda claro es que una serie como 23F sólo puede realizarse una vez que esa creación de imagen ha concluido con éxito y ésta se ha impuesto como la hegemónica en la cultura y la percepción histórica de los españoles. En este sentido, la serie no se crea como un intento propagandístico, sino como un relato pos-propaganda, una crónica realizada por y para gente que ha asimilado, mucho tiempo atrás, la propaganda ejercida desde Zarzuela. Y por eso, 23F es un producto cultural mucho más interesante que un panfleto hagiográfico, porque muestra cómo nos contamos lo que nos pasa: no propone ni publicita; asegura y reafirma.

En este sentido, la historia de 23F es ejemplar. Si la idea generalizada es que ese día el rey salvó la democracia, la serie intentará contarnos exactamente eso. Por eso su clímax no es el fracaso del golpe de Estado, con los guardias civiles abandonando el Congreso, sino el discurso televisivo del rey, su apoteosis místico-democrática. Una vez llegado este momento, la serie (subtitulada El día más difícil del Rey) sólo puede terminar: todo el esfuerzo dramático ha llevado a ese momento en el que el rey vuelve a tomar las riendas del Estado, pone orden en su casa y después se va a dormir (4).

Pero el día más difícil del rey fue también aquel en el que sufrió ciertas traiciones personales. Como decía antes, el modelo de ficción familiar exige que todo problema social sea filtrado por lo familiar, por lo privado, y 23F no es una excepción. Así, la serie nos muestra el devastador efecto emocional que tuvo en Juan Carlos descubrir que el cerebro tras el golpe era el general Armada, al que consideraba amigo personal, y, por otro lado, su justa indignación ante el hecho de que los golpistas arguyeran actuar en su nombre.

Respecto al primero de los casos, el de la traición del amigo, se nos repite en varias ocasiones a lo largo de la serie que para el rey es muy difícil tener amigos. Como la princesa Ann de Vacaciones en Roma, debajo de la corona hay un individuo normal con necesidades normales, como la amistad. El tópico de la figura de poder solitaria planea durante toda la serie, mostrando al hombre de Estado cargando sobre sus espaldas, a la vez y con estoicismo, la responsabilidad de su cargo y la soledad que éste apareja: así la última escena de la serie, una vez acabado el discurso, muestra al rey uniformado, de pie junto a la mesa en la que acaba de mostrar su rechazo al golpe, fumando taciturno un cigarro en la habitación vacía.

El segundo de los casos es más dramático: el hecho de que los golpistas invocaran constantemente el nombre del rey. Lejos de extrañarnos porque los golpistas (sin sondear a la casa real, sin tener ni idea de la posible reacción del monarca) creyeran que el rey apoyaría su toma del poder, o de parecernos, por tanto, incoherente la explicación de que la tardanza en dar un discurso televisado hubiera sido consecuencia del miedo a que los golpistas tomaran la Zarzuela (5), 23F nos invita a indignarnos con el Rey, a mostrar toda nuestra civilizada rabia democrática ante el uso fraudulento que daban los golpistas a un nombre limpio.

Esa reacción visceral puede radiografiarse así: los golpistas dicen actuar en nombre del rey, mientras que el rey acude al respeto a la cadena de mando para dictar contraordenes que frenen el golpe de Estado. En consecuencia, la confrontación no se hace esperar, y 23F la resuelve del modo más dramático posible. En una llamada del rey a Milans del Bosch, éste asegura enfurecido que no consentirá el golpe de Estado y que si quieren hacerle callar tendrán que ejecutarlo. Por supuesto, no hay constancia de tales palabras: es una licencia narrativa, pero funciona estructuralmente como el momento en el que la confrontación entre el rey y los golpistas se materializa y produce por fin una resolución del conflicto, que, así planteado, no deja de ser un problema de incomunicación. Por lo general, los golpistas de 23F son personajes que rozan la caricatura (como Milans, interpretado por José Sancho); esta impresión se acentúa con el uso maniqueo de la música (el mismo tema siniestro cada vez que aparecen los conspiradores), la iluminación (oscura y asfixiante en los despachos de los militares golpistas o en el congreso donde Tejero espera la llegada de la autoridad militar superior) o la escenografía (hay un interesante juego de banderas: la constitucional aparece en la Dirección General de Seguridad y en la Zarzuela; la franquista, en los despachos de los militares), hasta el punto de dibujar a los golpistas como individuos enajenados, que no comprenden el alcance del cambio que se está produciendo en España y que han malinterpretado las intenciones democráticas del monarca.

Ésta, por supuesto, es una explicación simplista para lo que fue el 23F, pero está bastante extendida y en la serie funciona a costa de apoyarse en peligrosos sobreentendidos, el más flagrante de los cuales es el uso patrimonialista del ejército que se muestra. Y es que, por mucho que el artículo 8 de la constitución atribuya a las Fuerzas Armadas la responsabilidad de mantener el orden constitucional, en la serie parece que su cometido es obedecer ciegamente al rey. El golpe de Estado no es una traición por parte de algunos militares a su papel dentro de un estado de derecho, sino una traición a su comandante supremo. Y, en consecuencia, la idea que ha pervivido desde el 81 es que el rey usó algo que era de su propiedad para parar un golpe de Estado y devolvernos a la normalidad democrática. Nadie dice que aunque el rey hubiera apoyado a los golpistas el golpe habría seguido siendo ilegal; no, la grandeza del monarca, al parecer, estriba en que pudiendo usar al ejército (a un ejército patrimonializado) para afianzar su poder, resistió la tentación y nos regaló la democracia.

Pero como he dicho antes, todas estas ideas preconcebidas y “axiomas” históricos ya existían: 23F se dibuja sobre ellos como Cuéntame se dibuja sobre la mitología de la Transición. En nuestro caso, dependen exclusivamente de ese proceso de creación de imagen que tuvo en los primeros años de su reinado especial importancia, y en consonancia, 23F recurrirá a las emociones del monarca (la traición del amigo, la indignación por la usurpación de su nombre) para relatarnos un proceso histórico complejo. No es la única concesión: antes hablaba del modelo de ficción familiar, y 23F es un ejemplo de manual. El gran problema político del golpe de estado se convierte en un problema personal, y, por tanto, en familiar.

La familia actúa, como en cualquier otra ficción familiar, como sostén del patriarca. Así, son especialmente importantes las palabras de consuelo de Sofía (quien recuerda a su marido que España le necesita en este momento), la llegada de sus dos hermanas al palacio o la lacrimosa llamada de sus padres (a pesar de las tirantes relaciones entre Juan de Borbón y su hijo, en 23F todo parece perdonado porque prevalecen los valores familiares por encima de la realidad política e histórica).

Pero aun más importante es el aprendizaje que Felipe obtiene observando a su padre. Dado que, como dije al comienzo de la reseña, en España es hoy el monarca el que legitima la monarquía, cada rey requerirá de un proceso de creación de imagen propio e individualizado que permita justificar su posición. El de Felipe, futuro monarca, bien puede empezar como nos lo muestra 23F: observando, arrobado, el discurso de su padre ante las cámaras.


Notas:

(1) La cadena ha colgado los dos episodios en los que está dividida la serie en su página web.

(2) E. H. Kantorowicz, Los dos cuerpos del rey: un estudio de teología política medieval, Madrid: Alianza, 1985.

(3) En realidad la frase tendría mucho más sentido si se aclarara que Juan de Borbón fue enviado por Alfonso XIII a España en cuanto se produjo la rebelión militar del 36 con el objetivo de unirse a los fascistas. Si el general Mola no hubiera detenido al entonces príncipe de Asturias en Burgos y lo hubiera vuelto a expatriar, entonces el joven Juan Carlos podría haber nacido en España. Pero no creo que el guionista hilara tan fino como para querer poner en boca del Rey: “Los militares nos han hecho mucho daño a mí y a mi familia, como aquella vez en la que intentamos unirnos a un golpe de Estado fascista y los propios golpistas no nos dejaron”. (4) No fue el único. Es común, en los relatos de aquel día, oír eso de que una vez escuchado el discurso del Rey, la gente se fue a dormir tranquila. El último al que se lo he leído es al presidente del gobierno. Lo curioso es que ninguno aclara si el alivio que sintió fue por ver que el Rey no apoyaba el golpe. Lo cual, de ser así, diría mucho de la confianza que en aquel momento se tenía en el monarca. (5) Explicación que aun siendo cierta es preocupante, porque implica que el Rey habría preferido no posicionarse para salvar la integridad de su familia y la suya propia mientras los golpistas tomaban el Congreso, sacaban los tanques a la calle e intentaban instaurar un nuevo modelo de Estado en el que –sin duda- la represión contra los disidentes habría sido elemento esencial.

jueves, 12 de febrero de 2009

Una respuesta a Lahaine.org por los recientes artículos publicados contra Izquierda Anticapitalista


ikindoran
Podría comenzar este artículo con un título del tipo “La Haine se pasa al lado de El Mundo al hacer sensacionalismo derechista” o “La Haine al servicio de la derecha contra un proyecto político anticapitalista”. Pero no lo voy a hacer, porque sería operar en el mismo terreno demagógico (y por tanto, poco veraz o tergiversador) con que el medio de información alternativa La Haine (www.lahaine.org) ha presentado varios artículos en su portada principal, que no son un trabajo de periodismo alternativo y contrastado, sino más bien un ataque frontal y sectario a Izquierda Anticapitalista por el proyecto presentado públicamente de una candidatura anticapitalista de cara a las próximas elecciones de junio al parlamente europeo.
El primero de estos artículos (http://www.lahaine.org/index.php?p=35617), con un título más que tendencioso “Dirigentes de Izquierda Anticapitalista y del PSOE dan juntos un homenaje a Enrique Ruano”, ya marcaba la línea de lo que vendría a repetir de diferentes formas pero con la misma lógica tendenciosa varios artículos –y ya se intuye que vendrán más-, pretendiendo presentar a IA como una parte más del sistema de partidos integrados en la gestión del capitalismo.
La “noticia” de lahaine.org sobre el homenaje a Ruano, ya ha sido adecuadamente respondida por Garí. (http://www.espacioalternativo.org/node/3444). La contra-respuesta difundida por Lahaine-Madrid (http://www.lahaine.org/index.php?p=35787) parece a todas luces insuficiente, más que nada una excusa para salir del paso ante lo que se ha visto como un ataque sin fundamento y con unas intenciones ciertamente destructivas. De facto, la respuesta que realizaba Manolo Garí no ha sido publicada todavía –bastantes días después- en Lahaine.org, cosa que desmiente el argumento de que no hay capacidad material para publicarla por falta de tiempo. Se trata, evidentemente de una intencionalidad política, y hago énfasis: política.
No solamente es política lo que hacen los partidos políticos y gobiernos; los diversos movimientos sociales también hacen política, y los medios de comunicación también, sean comerciales o no. Pero lo que parece claro es que en los últimos días, Lahaine.org se ha metido “a saco” en la política partidaria y ha mostrado una actitud claramente hostil al proyecto lanzado por Izquierda Anticapitalista, y en lugar de llevar adelante un debate político abierto, se ha dedicado a difundir una serie de “noticias” claramente tendenciosas.
Esto se ha podido ver, con la publicación en portada destacada de dos artículos de opinión (espero que no los consideren “noticia”):
1) 30-enero-2009:Izquierda Anticapitalista anuncia que Manu Chao se suma al marketing electoralista”, de Antonio Aguirre. (http://www.lahaine.org/index.php?p=35768)
2) 2-febrero-2009: “La cara oculta del manifiesto de Izquierda Anticapitalista para las elecciones europeas” 2009, de Antonio Aguirre. (http://www.lahaine.org/index.php?p=35771)
Aunque he buscado en Lahaine.org otros artículos de autor para conocer si se trata un activista de algún movimiento político y/o social, que sobre la base de la práctica continuada haya desarrollado diferencias con la política de IA, no he encontrado nada. Así que parece tratarse de sus primeros artículos en ese medio de “desobediencia informativa”, con la buena fortuna de que ambos han sido destacados en la portada principal… menudo analista nobel, nos quitamos el sombrero! Por lo pronto, este escritor parece conocer mejor que servidor mismo la vida interna de la organización en la que milito desde hace bastantes años, para poder hablar de un “lado oscuro” que desconocía (La cara oculta del manifiesto de IA”).
Vamos, una suma de juicios de valor sin fundamento, que más allá de periodismo alternativo, serio, es un alegato sectario de esos que abundan en los foros internaúticos, muestra de los años de frustración y del sentimiento de desánimo que reina en la izquierda social fruto del cúmulo de derrotas de las pasadas décadas. Contexto objetivo del que parte IA en su análisis de la situación, y que por ello lanza propuestas de acción precisamente para intentar probar caminos, para que esa izquierda combativa que en el Estado español es grande sociológicamente –con un nivel de conciencia de la explotación y opresiones alto-, pueda salir de ese lodazal que la desactiva desde hace bastantos años en la arena política político, terreno en que las masas irrumpen en periodos como el actual, en el contexto mundial y local de crisis sistémica.
Lo que extraña es que análisis tan simplistas y sectarios encuentren una promoción tan destacada en un medio de comunicación alternativo como Lahaine.org, que se dice altavoz de luchas y de los movimientos de base, donde precisamente IA ha estado presente en los últimos años y eso le hace estar en condiciones de lanzar una campaña difícil, con riesgos, pero igualmente necesaria y con audacia política con la que intenta estar a la altura de la situación. Y todo ello con apoyo de diversos activistas que ven intenteresante la propuesta.
Si alguien no está de acuerdo con esta apuesta de llevar la lucha político-social también al terreno electoral, tiene todo el derecho a la discusión. Por ejemplo, el antiguo militante de Espacio Alternativo (salido hace años), Raimundo Viejo en Diagonal nº 94 mantiene este debate con Raúl Camargo, un debate en una óptica constructiva a pesar de las diferencias claras de posturas ante la elecciones como posible terreno de confrontación con el sistema. Artículo de Raimundo, con el que no estamos de acuerdo, por la base “postmoderna” de su análisis (muy bueno para este tema el libro de Xavi Godás “La postmodernidad: imagen radical de la desactivación política”, muy interesante más allá de su simplificada caricatura del leninismo, pero este es otro debate), pero con una actitud alternativa, de propuesta, de construir de otra forma. Muy diferente de esos artículos demagógicos presentados por Lahaine.org en los últimos días, con una intencionalidad bastante destructiva, y que no estoy en condiciones de decir a qué intenciones responden. Pero que, desde luego para mucha gente como el que escribe, suenan algo sospechosos.
Espero que este artículo sirva para clarificar.

y segunda -¿y última?- parte:
Lo escrito arriba fue fruto de una indignación al ver que desde un medio alternativo de cierta difusión entre luchadores sociales -y que presenta noticias interesantes a menudo- se lanzaba una campaña de desinformación sobre una organización que tiene el legítimo derecho a hacer sus apuestas políticas sin sufrir la manipulación típica de los medios de comunicación comerciales burgueses.
Escrito que acabó en el cajón de archivos del ordenador, sin publicar, para evitar una respuesta rápida, que no valorara adecuadamente lo que podía haber sido la publicación de un par de artículos desafortunados o mal informados… pero lo que vino después no deja duda de que alguien, o algún grupo de personas, grupo editorial y/o organización, tiene un interés más allá de la “desobediencia informativa” cuando lanza una campaña de difamación y desinformación premeditada sobre un par de organizaciones, que para bien o para mal están teniendo cierta influencia en el debate entre las distintas izquierdas de la Europa occidental de hoy en día.
El segunda caso, y en relación al congreso fundacional del NPA francés nos encontramos un nuevo y curioso artículo de opinión (9/02/2009, http://www.lahaine.org/index.php?p=35931 Llamar noticia a esto sería lo mismo que considerar noticia a una editorial de La Razón). En este caso, otra nueva escritora que encuentra hueco para su primer “análisis” en Lahaine.org entre los artículos destacados como principales en dicha web. A este paso, ese medio de “desobediencia informativa” va a tener una nueva plantilla de escritores noveles muy presta a la opinión pero poco experimentada en contrastar informaciones y ofrecer periodismo de calidad.
En este artículo encontramos una serie de “argumentos” demagógicos que pretende presenta al NPA francés como poco más que un partido colaborador del sistema capitalista. Permítanme una sonrisa. Entre otras cosas:
a) Se refiere al portavoz del NPA Olivier Besacenot como una “nueva estrella”: descripción tendenciosa al máximo, como si se tratara de una estrella musical o deportiva que tuviera una corte de seguidores o fans de forma pasiva. Nada más lejos de la realidad. La posición de fuerza que tiene Besancenot frente a los medios convencionales, que se ven obligados a darle algo de cobertura, ha sido ganada por su fuerza dialéctica, su extracción laboral a pie de calle y debido a su participación en numerosas luchas (las pasadas semanas fue procesado por una supuesta agresión al miembro de la patronal junto a otros sindicalistas). Y principalmente por haber sido el portavoz de una organización como la LCR que ha tenido militantes activos en numerosas luchas sindicales, estudiantiles y de otro tipo que han hecho poner la cuestión capital-trabajo en el escenario político público (por supuesto, colaborando con gentes de otras organizaciones). Nada que ver con el jovencito mimado por los grandes medios del capital que nos quieren presentar algunos demagogos a este lado de los pirineos.
b) Nos dice en su artículo: “En las anteriores elecciones presidenciales, la izquierda moderada (el Partido Comunista, la Liga Comunista Revolucionaria, varios grupos menores, sindicalistas, algunos afiliados socialistas).” Si para la autora de ese panfleto la Liga Comunista Revolucionaria se puede incluir entre la izquierda moderada eso significa que su capacidad de análisis político es igual a 0, objetivamente. No tiene ni idea de criterios de demarcación entre entre izquierda reformista/revolucionaria y no conoce cuáles son los debates centrales que se dan entre las izquierdas europeas; o al menos no lo muestra en ese escrito, produciendo confusión al mezclar izquierdas muy diferentes en un mismo saco.
c) En relación a la campaña por el No a la Constitución europea , más falsedades. La LCR francesa fue un pilar fundamental de ese movimiento. Y no se olvide que sin duda el triunfo del No residió en que además de numerosos colectivos unitarios de base y organizaciones políticas y de otro tipo, también los sindicatos mayoritarios se posicionaron por el No. En ese posicionamiento difícil de conseguir, mucho tuvieron que ver los sindicalistas militantes de la LCR. La presión por abajo desbordó a las burocracias sindicales y las obligó a llamar al voto por el No, gracias a las luchas de los últimos años y al respeto que militantes de organizaciones de la izquierda revolucionaria habían ganado entre las bases de esas organizaciones.
Sobre las elecciones presidenciales pasadas, el cuantioso voto recogido por la LCR mostraba que un sector importante de la sociedad apostaba por un cambio radical de sistema y que para ello no aceptaba coaliciones amplias en abstracto, sino con las propuestas programáticas y de alianzas por delante: es decir, nada de pactos con el social-liberalismo (PSF) que aplicaba en el gobierno (en ocasiones con pactos con el PCF) las mismas políticas neoliberales que criticaba cuando estaba en la oposición. Los votos tienen más que ver con esto y con la extensión de la influencia de l@s militantes de la LCR en diferentes luchas que con el pretendido “estrellato” de Besancenot del que tango gusta hablar por aquí a algunos con la mala intención de hacer una caricatura de la realidad.
d) Respecto a la radicalidad de la lucha de la ya extinta LCR y su último portavoz Olivier Besancenot. L@s militantes marxistas revolucionari@s no necesitamos militares, sino militantes (como dice la canción de MAP “Balle populaire”), y –añadiría- tampoco saboteadores. La acción directa individualista siempre ha ensalzado el ego de primer romántico que quiere ser el Robin Hood que soluciona la papeleta, pero la historia en diversos países nos ha mostrado el que sabotaje (en su versión extrema el terrorismo individualista) deja a las masas paralizadas ante algo de lo que no pueden participar o por la represión consecuente de esas acciones. Es por eso que los cambios profundos siempre han sido realizados por las masas, no por los iluminati. Estratégicamente, más vale una lucha obrera que cien sabotajes individuales sin planificación.
Pero cabe recordar que, hace unos 3 años y medio, los días que explotaron los conflictos en los barrios parisinos y de otras ciudades marginados por las autoridades, cuando Sarkozy decretó el Estado de excepción, fue la LCR la única organización política que llamó a la desobediencia del mismo convocando una manifestación organizada durante el mismo. Y que la LCR ha tenido participación en numerosas luchas de migrantes a diferentes escalas. Además de que el crecimiento de las JCR (organización hermana juvenil de la LCR) se ha basado en los últimos años además de sectores estudiantiles, en jóvenes de barrios pobres –y de diferentes etnias de origen- de los cinturones de París y otras ciudades. Por algo será. No se preocupan en analizar este fenómeno nuestro serios investigadores de Lahaine.org. Frente al éxito de ciertas apuestas políticas, de experiencias reales, no se preguntan por sus motivos, sino que se dedican a despotricar porque no caben en sus simplificados esquemas teóricos.
Por respeto a la inteligencia y un debate político sin máscaras, por favor, que la gente que está detrás de esos “análisis” diga a las claras a dónde quiere llegar con artículos de ese tipo. Porque esta forma oculta de hacer las cosas me recuerda a malos tiempos del pasado en que los burócratas faltos de argumentos para debatir en público, lo que pretendían era silenciar al que no decía lo que les gustaba. Así que estaría bien saber si Lahaine.org es capaz de hacer un debate presentando las diferentes posturas, presentando los artículos cruzados de los que están en debate, y no solamente una versión además sobrada de demagogia. Y quien quiera hacer un debate político serio, a cara descubierta y en igualdad de condiciones, que lo haga a las claras, sin juegos de espejos, que para eso ya tenemos al Mundo y la Razón, etc. De forma muy dierente lo hace, por ejemplo, Joan Torres i Prat en “La Izquierda en sus Laberintos Electorales” (http://www.kaosenlared.net/noticia/izquierda-laberintos-electorales). Artículo con el que no puedo estar de acuerdo -y me gustaría reponderlo en otra ocasión-, pero parte de una base de debate abierto.
Porque ya van 4 artículos contra Izquierda Anticapitalista y organizaciones cercanas en Europa –NPA- como para que la cosa suene a casualidad. Vayamos a la madre del cordero: ¿A quién molesta la iniciativa de IA? ¿Por qué no la debate públicamente en lugar de usar Lahaine.org como pantalla desde la que lanzar ataques sin descubrirse? ¿Acaso hay que manipular noticias para debatir de diversas propuestas entre anticapitalistas? ¿Tanto miedo hay desde algún sector a que IA influya con su campaña en el debate entre las izquierdas extraparlamentarias? Si es así… ¿Por qué no informar seriamente sobre lo que hace IA, para que sobre esa base se debata públicamente? ¿O acaso hay gente, que ya que no puede callar por la fuerza a quien dice o propone cosas que no le gustan, se dedica a difundir patrañas y desinformar sobre proyectos que surgen desde la base y al calor de gentes vinculadas a las luchas sociales?
Compañeros de Lahaine.org, para desinformar y crear desconfianzas, ya tenemos a los medios convencionales…
Como dice la canción, “a mostrarnos a cuerpo”, porque solamente así se establecen debates fraternales y constructivos, que desde la diferencia, nos sirvan para formarnos entre tod@s y avanzar en lo posible conjuntamente.